Historias DiarioSur

Gente que anduvo por ahí: Rubilar y Carlos Mansilla

Por Óscar Aleuy / 22 de noviembre de 2025 | 21:36
Barrios de Coyhaique, cercanos donde vivía Rubilar, Bilbao arriba (Foto artificada)
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Basilio Rubilar era carrero de los antiguos. Falleció trágicamente cuando iba a Laguna Foitzick a buscar leña en su carreta de bueyes. Mansilla administraría el Matadero y el Cementerio Municipal.
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El padre Herminio Manea, cuando yo andaba buscando a Rubilar, me dijo dónde vivía y quién era en realidad. Don Basilio venía de la zona central y andaba por aquí por 1929, fecha de la fundación de Coyhaique. Al padrecito me lo trajo la vida cuando entraba a la sala a enseñarnos una música aburrida pero una voz intachable que luego algunos aprendimos a imitar. Distinto fue unos años después cuando llegó a la casa para enseñarme a tocar un acordeón Honner roja con teclas altas y grandes que aún cuerpo no pudo dominar hasta que cumplí los doce.

Durante la fiesta de la fundación Basilio se subió al improvisado escenario de la cueca, para bailar y ganarse el concurso. Se sentía orgulloso, porque la señorita Rodríguez era una bailarina de Los Ángeles y casi invencible. Pero ganó la pareja de él con una dama de nombre Juanita Riquelme Arancibia. Recibió premios, monturas, aperos huasos, estribos. Y un trofeo. Es que era imbatible tratándose de bailar la cueca chilena, con ese estilo de los pueblos del centro atochados de tinajas coloreadas con el rojo colonial de los adobes con lagartijas.

Basilio a la hora de la muerte

Acaso haya sido invencible para la muerte si no se hubiera encontrado esa mañana con la imprudencia de un descuidado conductor, que convirtió en astillas su carretita de bueyes que llevaba, por el ripio de trocha corta que conduce a Balmaceda. Estaba en Mayo de 1986 con él cuando me quedé tocando la puerta de su casita en el barrio Freire arriba. Nevaba copiosamente y me costó llegar. En esa noche helada se abrió el hogar maravilloso donde se respiraban los aires antiguos y se sentía algo así como encontrarse viviendo en los primeros tiempos de Baquedano. Frente a la chimenea se acomodó don Basilio para contarme con algo de tristeza sus vivencias de la colonización, su llegada y el viaje, los tiempos de la fundación del poblado y las características de la gente de antes, trabajos en tropas y cabalgatas imposibles a Balmaceda como chasqui o valijero en los primeros tiempos de las provincias.

Ahí me di cuenta de ciertos detalles conmovedores, como por ejemplo de esa esa fuerza interior que dominaba su alma cuando relataba sus primeros trabajos y unas lágrimas furtivas caían sobre los troncos mientras atizaba palos de ñire de la chimenea y llenaba vasos de un licor acidulado que parece que eran grosellas o murtillas, vaya a saber uno esas cosas.

Fue hombre de carretas sentado al pértigo, ensimismado con el soberbio espectáculo de los parajes ayseninos con un fondo de cordilleras y algunos chamamecitos. Cuando se vino muy joven, casi un niño, trabajó en el barco como fogonero y anduvo mucho tiempo montado en las carretas, soportando la lluvia de los inviernos, pernoctando entre los fardos de lana de las esquilas, yerbeando los mates mañaneros junto a las ruedas del fogón y esperando las nevazones.

El camión se le vino encima de la carreta de bueyes un poquito pasado los campos de Zambrano. A ese primero Domingo Zambrano le ofrecieron los ingleses un pedazo de tierra buena por ahí cerca del puente que levantó por los treintas el maestro mayor Bórquez Patiño y también otras construcciones que todavía aguantan en el mismo predio del Primero y su familia. La historia me dijo que le había rechazado el ofrecimiento de la primera autoridad para que se quede con esas tierras, pensando que sus casas y el campo mismo iba a estorbar cuando llegaran las calles de la ciudad. Pero no sé por qué después se quedó con esa franja y la ocupó no más.

Fue en 1926 que le tocaría ser mensajero o chasqui entre Coyhaique y Balmaceda. Don Rubilare estaba hecho para cabalgar eternamente porque amaba los caballos y les hablaba y les hacía cariños con sus manos callosas de carrero en medio de esos viajes que no sabía si volvía. Asignado para las correspondencias, galopaba y galopaba noche y día cubriendo los trayectos de entrega de sobres y paquetitos, que siempre le acompañaban en las valijas que colgaban de las chiguas. En esos viajes se encontraba con arrieros, peones o colegas mensajeros que venían desde la Argentina. Desmontaba, preguntaba novedades, fallecimientos, sucesos de los campos, los bautizos y las fiestas de Chile y Argentina y se aprendía las noticias de memoria para comentarlas cuando llegara a otro lugar. Un tal viejo Medina, tan atento él y acomedido, me lo contó como nadie lo hizo y fue claro al enseñarme que esos habían sido los primeros diarios, las primeras radios nuestras. Si hasta guitarra llevaban para alegrar las ruedas de fogón.

Más que correos humanos o medios de comunicación, los mensajeros eran distribuidores de sucesos comunitarios, verdaderos periódicos humanos con noticias frescas que corrían a la velocidad del caballo. Nadie más que aquellos jinetes veloces podrían haber sido capaces de transmitirlas a los solitarios poblados.

Cuando llegó la fundación en 1929, Rubilar ya se encontraba en la Pampa del Corral, siendo testigo de una fiesta y una conmoción social sin precedentes entre la poblada. Hubo asados y música, cabalgaduras atadas a los palenques mientras los afuerinos gozaban como locos. Hubo ramadas, truqueadas, tabeadas, mus y paso inglés. Nunca faltaron esos verdaderos rituales de caballos, carreras, rayeros y gritones.

Carlos Mansilla Haro, el rey del cementerio

Carlos Mansilla administró el primer cementerio de Coyhaique. Un día se subió aun vaporcito a leña que zarpaba quincenalmente desde Puerto Montt y que lo trajo hasta la Patagonia. Antes de morir nos confesó con una voz ronca y cansina que tenía que caminar mucho por las desoladas calles de Coyhaique. Ya en los años 23 los barquitos llegaban a Puerto Aysén y eran muy escasos. El que le tocó a Mansilla se llamaba Huandad y el trayecto entre Chonchi y Aysén lo cumplía en nueve largos días luego de hacer leña en varios puertos y fondeaderos.

―Me vine en el Huandad, un vapor antiguo a carbón, y el viaje duró hartazo porque recalaba en todos los puertecitos de la ruta. Cuando llegué no se imagina usted lo que me esperaba, me decía en tono de sorna. Cuando los pasos de don Carlos se encaminaron hacia el muelle Alonso para desembarcar y conocer, había nevado anoche en Puerto Aysén y tuvo que pagar un peso veinte centavos para alojarse en la pensión de Chindo Vera, una casa blanca de dos pisos cerquita del muelle, una pensión que atendía a los hombres nuevos y que a todos ofrecía catres o literas cómodas para dormir bien tapados con cueros de capón, frazadas y colchas gruesas y más encima cubiertos con las pilchas que ellos mismos traían. Al otro día se enfrentaban a los rituales más desfachatados con desayunos que consistían en varios caponcitos que ya lucían parados en los patios, rezumando un aroma a grasas y aderezos que lo convertían en un verdadero festín, según la costumbre gaucha de la época. 

El antiguo cementerio de Coyhaique en una calle Baquedano muy diferente en los años 50. (Foto Grupo NLDA)

Eran los años 23. El viaje los condujo por el Balseo, la Casa de Piedra, el Arenal y los espacios de la ciudadela en Coyhaique Bajo. No había como imaginarse tanta lluvia o tanto mal camino, eso era un barrial con palos envaralados y un carro que apenas avanzaba. Era una cosa de locos, y a cada rato los hombres mateaban y mateaban. Madre apareció por esos rumbos, con su cara linda contándome cientos de detalles y recordando a sus propios muertos.

Ya había huellas cerca de donde iba a erguirse la casa bruja, recordaba Mansilla, con señales claras donde la gente se reunía a jugar a la taba porque parece que esos campos, donde ahora está la Quinta Santa Cecilia se había convertido en un interesante punto de reunión de los primeros camperos que buscaban entretenerse.

Se dio cuenta que estaban rodeados de comodidades mínimas, que era lo único a lo que podían aspirar en calidad de peones. La bolsa de harina argentina Tres Cero marca Gavilla costaba 12 pesos y un par de alpargatas, 80 centavos. Un buen recado era sumamente barato, de manera que les alcanzaba el dinero incluso les sobraba. Fue cuando pasó el primer mes que don Jorge Robinson, patrón de don Carlos, le llamó para sugerirle que se fuera a trabajar solo a la estancia de Punta El Monte, en Los Ñires. Desde ahí a su segunda época como trabajador pasarían 25 años. Conoció al alcalde Alberto Brautigam, quien lo contrataría como administrador del Matadero y el Cementerio en 1949.

Desde aquella fecha integró las primeras hornadas de empleados municipales de Coyhaique, destacando en los rubros mencionados y multiplicando sus quehaceres en treinta años ininterrumpidos de labor. Y cuando crecieron los desafíos, y no pudo atender las labores del Cementerio, le pidió a su amigo Aldo Parada que se quedara administrando el cementerio, y él se quedó en el Matadero, que funcionaba al frente del Almacén Centenario de don Fernando Oleaga, donde prácticamente la calle Baquedano no existía sino como una huella rumbo al puerto. Ahí funcionaba una charquería de caballos que manejaba Feliciano Echevarría Echavarría desde la Argentina. Tiempo después, la Municipalidad de Puerto Aysén arrendó ese galponcito para que funcionara un matadero de verdad, el que duró hasta 1953 con la administración de don Feliciano, fecha en que se habilitó el que funcionaba en la bajada a la Piedra del Indio, donde los Schadebrodt.

Mansilla y Rubilar tradujeron fielmente el ambiente del Coyhaique de antaño, en años que todo comenzaba a crecer en medio de los primeros afanes.  Recibe nuestras noticias en: WhatsApp | Instagram | Newsletter.

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