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Cuatreros, santos y otros próceres con marca ajena

Por Óscar Aleuy / 17 de enero de 2026 | 19:11
El truco era simple: en una tierra sin jueces, sin policías suficientes y con fronteras más simbólicas que reales, robar ganado era casi un gesto deportivo. (Foto redes)
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Patagonia irónica, polvo y ovejas que jamás pidieron permiso. Una construcción llena de albures, emprendimientos exitosos y patriarcas respetables que en su juventud corrían más rápido que la ley.
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Si uno creyera todo lo que se ha dicho sobre los primeros tiempos de Aysén, pensaría que aquello fue una tranquila postal de pioneros nobles, hombres de palabra, familias honorables y ovejas caminando en fila india hacia el progreso. Pero no. La realidad —esa señora maleducada— insiste en meter la cola, y cuando lo hace, suele venir acompañada de caballos robados, vales de compraventa milagrosos y un par de patriarcas respetables que, en su juventud, corrían más rápido que la ley.

El cuatrerismo, por ejemplo, no fue un “problema del pasado” sino una verdadera industria creativa. Un emprendimiento regional, casi un modelo de negocios antes de que existiera el término. Y como toda industria exitosa, tuvo sus mitos fundacionales, sus personajes legendarios y, por supuesto, sus villanos oficiales… cuidadosamente seleccionados.

El muy mentado Rubio de la Pera

Ahí aparece, cómo no, el famoso Rubio de la Pera. Un hombre que, según versiones cada vez más imaginativas, era escandinavo, anglosajón, chileno, argentino o todo eso junto dependiendo del día, la luz y el narrador. Su pecado original fue tener barba rojiza, piel curtida y una calma sospechosa: características suficientes para convertir a cualquiera en extranjero peligroso en la Patagonia de principios de siglo.

El Rubio vagaba por guanacos, zorros y boliches con la misma serenidad con que otros van al supermercado. Cazaba, comerciaba pieles, saludaba a los niños y les regalaba dulces. Error grave. Nada despierta más sospecha que un adulto amable con niños y sin prisa alguna. Así fue como terminó convertido en figura ominosa, porque alguien tenía que cargar con el papel del malo, y no iba a ser precisamente el hijo del estanciero respetable.

Pero claro, la cosa se pone interesante cuando surge la pregunta incómoda:
¿Y si hubo dos Rubios de la Pera?

¿Y si uno era chileno, otro argentino, y el mito fue una cómoda licuadora histórica donde se mezcló todo para no mirar demasiado cerca?

No sería la primera vez que la historia regional practica ese deporte: culpar a uno para salvar a muchos.

El cuatrerismo, rito de paso no oficial

Porque si algo queda claro al rascar apenas la superficie de estas crónicas es que el cuatrerismo no era una rareza marginal, sino un rito de paso no oficial. Muchos de los actuales apellidos ilustres —esos que hoy miran con gravedad desde placas conmemorativas— pasaron su juventud arreando yeguas ajenas, ovejas huérfanas de pronto y vacas con una vocación migratoria muy conveniente.

El truco era simple: en una tierra sin jueces, sin policías suficientes y con fronteras más simbólicas que reales, robar ganado era casi un gesto deportivo. Se hacía en grupo, con camaradería, mate compartido y un excelente margen de ganancia. El animal valía cinco pesos de un lado y veinte del otro. El capitalismo fronterizo en su forma más pura.

Cien años después, despierta la memoria 

Eso sí, nadie contaba con que cien años después la historia tuviera memoria. Y peor aún: archivos.

Por eso, con mucha prudencia —y un saludable instinto de supervivencia legal— estos relatos prefieren no dar nombres. No por falta de pruebas, sino porque la indignación tardía suele ser más feroz que la justicia temprana, y las demandas están muy de moda.

Los diarios argentinos de los años 30, siempre menos sentimentales que la memoria local, registraron con entusiasmo estos intercambios ganaderos “no tradicionales”. Ahí aparecen estancias saqueadas, quejas diplomáticas, carabineros distraídos y marcas de ganado sospechosamente parecidas a otras marcas, casualmente registradas al otro lado de la frontera. Una coincidencia, sin duda.

La incompetencia policial, por su parte, no fue ideológica sino logística: controlar pasos cordilleranos imposibles con caballos cansados y mulas de mal humor era más un acto de fe que de autoridad. Aun así, hubo momentos de luz. En los años 57 y 58, algunos robos se resolvieron, el ganado volvió a casa y la paz regresó… aunque los culpables, curiosamente, jamás pisaron un tribunal.

En otros casos, la justicia fue más expeditiva. Cuando se atrapaba a un ladrón in fraganti, no había papeleo ni apelaciones: se lo linchaba, se lo enterraba bajo los coirones y se continuaba con la vida. Una justicia anónima, rápida y sin prensa. Ideal para evitar conflictos diplomáticos y conversaciones incómodas.

El vale de compraventas

Pero si hablamos de organización, nada supera la genialidad del vale de compraventa. Ese pequeño papel obró milagros: legitimó robos, blanqueó animales y convirtió delitos en transacciones respetables. El mismo hombre vendía ganado, luego se lo robaban a él mismo, y si alguien preguntaba, la marca coincidía. Un círculo perfecto. Una obra de arte.

Algunos de estos emprendedores itinerantes recorrieron cientos de kilómetros vendiendo caballos robados en colonias galesas, Chubut, Gaimán, Comodoro Rivadavia y vuelta a empezar. Eran más eficientes que cualquier empresa logística moderna y con menos impuestos.

Y cuando no era el cuatrerismo, estaba el bandolerismo sin metáforas. Boliches aislados, extranjeros solitarios, cofres de oro (reales o imaginarios) y jóvenes armados con poca paciencia. El caso del boliche de Lago Blanco en 1917 parece sacado de una novela negra: golpe, tortura, asesinato múltiple, incendio y huida. Todo por un cofre que nadie encontró y que aún hoy mantiene despiertos a algunos abuelos soñadores.

Bandas eficientes con buen pulso

Ni hablar de bandas como la de Telésforo G., que robaban, mataban y se escondían con una eficiencia admirable. Hasta que un día, tres policías, un horno de barro y un administrador inglés con buen pulso para la negociación lograron lo imposible: derrotar a treinta forajidos sin disparar el último tiro. Se firmó un acuerdo, se entregaron armas y la humillación fue total. Un episodio tan absurdo que solo podía ocurrir en la Patagonia.

Claro que los bandidos regresaron después. La historia nunca se corrige del todo.

Así fue el Aysén de los albores: menos épico de lo que se cuenta, más pícaro de lo que se admite. Un territorio donde la moral era flexible, la ley intermitente y la memoria selectiva. Donde muchos próceres aprendieron primero a marcar ganado antes que a marcar territorio.

Y donde, por suerte, el tiempo termina contando lo que los discursos prefirieron callar.  Recibe nuestras noticias en: WhatsApp | Instagram | Newsletter.

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