Dos episodios, separados por apenas cuatro años, bastaron para inscribir el nombre del piloto Ernesto Hein en la memoria aérea de Coyhaique. Ambos ocurrieron bajo un mismo signo, casi un destino recurrente: vuelos que llegan desde lejos, noches en extremo cerradas y una pista sin luz en la planicie callada de El Claro, la cancha de aviación que lleva el nombre del teniente Aníbal Vidal, de quien habrá que escribir con detenimiento alguno de estos días.
El primero de estos hechos se remonta a enero de 1962, cuando Chile contenía la respiración a meses del Mundial de Fútbol. En esos días, la tragedia se abatió sobre el río Pascua, frente al desagüe del entonces llamado lago O’Higgins, hoy General Carrera. Allí cayó un avión y con él la vida del notable piloto aysenino Federico Führer, poseedor de ese conocimiento casi arcano que exige volar sobre los territorios más indómitos del planeta. El viejo Grumann —aquel que los niños mirábamos con asombro reverencial— se perdió para siempre en las aguas profundas, junto a los cuerpos de Führer y del funcionario de Naciones Unidas Charles Gillman.
La muerte no fue total.
Sobrevivieron Luis Vásquez, jefe de Aduanas de Coyhaique, y Arturo Arancibia Valdés, técnico local de Endesa. Fue entonces cuando Ernesto Hein, en una acción que mezcla pericia, urgencia y temple, los evacuó en su Aerocommander rumbo a Coyhaique. El vuelo, de poco más de una hora, se volvió una travesía tensa por el clima adverso y por la certeza de que el crepúsculo ya había caído sobre la ciudad. Al aproximarse, Hein encontró lo inevitable: una pista a oscuras, muda y engañosa, sin una sola luz que la delatara.
Desde la radio del avión lanzó una llamada de auxilio.
La Gobernación Provincial reaccionó con rapidez casi instintiva. A través de la única emisora existente, Radio Patagonia Chilena, Luis Ojeda y el gobernador interrumpieron la programación habitual para emitir un Extra Urgente: se pedía a la comunidad acudir con sus automóviles a iluminar la cancha. El mensaje cruzó la ciudad como una descarga eléctrica. En pocos minutos, el acceso a Teniente Vidal se llenó de una caravana interminable de vehículos. Bomberos y Carabineros tomaron el control de la operación y, mientras Hein comenzaba a sobrevolar Coyhaique, la pista apareció ante sus ojos como un río de luz ordenado en medio de la noche. El aterrizaje fue limpio. La ciudad había respondido como un solo cuerpo.
Una comisión de extrema reserva
Cuatro años más tarde, la historia volvió a rozar ese mismo borde. Desde Santiago llegó una llamada urgente a la torre de control de Teniente Vidal: el piloto civil Ernesto Hein volaba hacia Coyhaique en una comisión de extrema reserva, transportando a dos altos funcionarios de la Cancillería. La llegada se estimaba entre las nueve y las diez de la noche. Con la experiencia de 1962 aún fresca, el gobernador Carlos Echeverría se anticipó y coordinó nuevamente con Radio Patagonia el llamado a los vehículos. Mil doscientos metros de pista quedaron delineados por luces improvisadas.
Entonces ocurrió lo insólito. Desde el aire, Hein solicitó una comunicación privada con el gobernador. Le explicó que se trataba de una operación ultra secreta y que, por razones de seguridad, la pista debía quedar completamente a oscuras. Sin vacilar, Echeverría ordenó a la fuerza pública desalojar la cancha de inmediato. Hein aterrizó a ciegas, sin dificultad alguna, como si la noche misma le obedeciera.
Los funcionarios descendieron del avión y fueron recibidos con discreción, ya que debían continuar viaje sin demora hacia Villa O’Higgins, con una misión delicada: avistar desde el aire a una patrulla de Carabineros apostada en Laguna del Desierto y ordenarles, mediante un mensaje lanzado en paracaídas, que regresaran al retén y abandonaran la misión. La madrugada los alcanzó en Villa O’Higgins, donde Hein solicitó combustible para proseguir hacia la laguna.
Fue allí donde un detalle, mínimo en apariencia, torció el curso de la historia. El sargento de la Fach a cargo de la base se negó a reabastecer el avión sin una orden escrita proveniente de Balmaceda. Esa autorización tardó cuatro horas en llegar. Cuando el Aerocommander despegó rumbo a Laguna del Desierto, la oportunidad ya se había cerrado. La orden de retirada llegó demasiado tarde.
Si el vuelo hubiera partido a tiempo, la patrulla habría sido alertada y el enfrentamiento que segó la vida del teniente Merino no habría ocurrido. La historia, sin embargo, no se escribe con condicionales.
El muy recordado episodio del aterrizaje frente al hospital
Hubo aún otra ocasión, menos conocida pero no menos reveladora, en que el temple de Ernesto Hein volvió a imponerse a la geografía y al apremio del tiempo. El aviso llegó desde el sur profundo, allí donde los vientos no distinguen entre un avión liviano y un acorazado, y zamarrean todo lo que ose atravesarlos. Una mujer estaba en trabajo de parto, la urgencia era extrema y desde el hospital se había dado la alarma: no había margen para la espera, había que intervenir de inmediato.
Hein no trepidó. Sacó el Aerocommander como quien desenvaina una herramienta necesaria y enfiló rumbo al sur con la prisa justa, esa que no confunde velocidad con desesperación. A bordo subieron familiares y amigas de la parturienta, cargando silencios densos y miradas tensas. El avión se lanzó contra el viento y, una hora más tarde, regresaba a Coyhaique con el tiempo contado en respiraciones.
Fue entonces cuando Hein tomó una decisión que sólo toman quienes conocen el aire como una extensión del cuerpo. En lugar de buscar la pista, alineó el avión con una calle de ripio frente al hospital. La distancia era corta, el margen mínimo, pero la maniobra fue limpia, exacta, casi doméstica en su precisión. La pequeña nave se detuvo donde debía detenerse.
Minutos después, la mujer era atendida sin contratiempos. El parto se resolvió sin inconvenientes, como si el destino, por una vez, hubiera aceptado negociar. Nadie aplaudió. No hizo falta. En Coyhaique, esas cosas se saben y se guardan: hay hombres que no figuran en los manuales, pero que llegan justo cuando la vida no puede esperar.
Ernesto Hein es, sin exageración, un orgullo para Aysén y para buena parte de la antigua Décima Región en materia de aeronavegación privada. Sus vuelos no solo unieron territorios: rozaron, más de una vez, el borde invisible donde el destino decide inclinarse. Ya llegará el momento en que sus misiones emerjan completas en nuestras crónicas, como corresponde a quienes supieron volar en medio de la noche sin hacer mucho aspaviento ni revelar con aires de importancia estos incidentes guardados por la historia. Recibe nuestras noticias en: WhatsApp | Instagram | Newsletter.
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