Historias DiarioSur

Coyhaique, entre radios indiscretas y cabildos tiritones

Por Óscar Aleuy / 14 de marzo de 2026 | 21:53
Años atrás, cuando despuntaban los 50, la vida era tan distinta, en Coyhaique, que pocos se la imaginan (Foto Grupo NLDA)
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En los 50, lo que pasaba en el pueblo, era del pueblo. Los pocos nativos que vivimos esa época éramos distintos. En ese Coyhaique, fuimos testigos directos de que cuando el Estado no llega, los vecinos se organizan solos.
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Hubo un tiempo en que Coyhaique no estaba lejos de Santiago. Estaba, simplemente, fuera de su radar.

En los años 60, para que el país se acordara de esta provincia tenían que ocurrir dos cosas: un temporal feroz y mortífero… o una tragedia aérea. No era una estrategia de desarrollo regional, pero era lo que había.

Entre 1963 y 1968 sucedieron dos accidentes de aviación que sacudieron a la comunidad, a los que ya me he referido en estas columnas. Como en aquellos años la gente todavía creía que reunirse servía para algo, se convocó lo que se llamó el Primer Cabildo Abierto Provincial.

La reunión se realizó en el flamante gimnasio del Liceo Particular. El termómetro marcaba 18,5 grados bajo cero, una temperatura que convierte cualquier discurso en un acto de heroísmo.

Y sin embargo el gimnasio se llenó.

Llegaron vecinos de todos los rincones: comerciantes, funcionarios, ganaderos, estudiantes, autoridades y curiosos. Hubo reclamos, gritos, discusiones acaloradas y también acuerdos, lo que demuestra que incluso el frío puede estimular la inteligencia colectiva.

Las demandas fueron claras y concretas: remodelar el aeropuerto de Balmaceda, acelerar el puente sobre el río Aysén, construir el matadero frigorífico en Puerto Chacabuco y habilitar una barcaza en el Lago General Carrera.

Lo notable es que, con los años, todas esas peticiones terminaron cumpliéndose.
A veces la presión de un pueblo logra lo que no consigue una carpeta ministerial.

En esos mismos años apareció una figura que merece un recuerdo especial: el periodista Mario Gómez López, quien se mantuvo trabajando en Santiago por largo tiempo. Fue él quien tomó las noticias de esta provincia olvidada y las llevó a los diarios de la capital, además de establecer un puente radial entre la naciente Radio Patagonia Chilena y la escuchada Radio Minería.

Gracias a Gómez López, Coyhaique dejó de ser un rumor geográfico para convertirse en una noticia.

Mientras tanto la ciudad sobrevivía con una energía eléctrica digna de una novela de Dickens. La usina de Río Claro apenas producía lo suficiente para encender una ampolleta de veinte watts, es decir, media luz. Literalmente.

La penumbra era parte del paisaje.

Hasta que ENDESA decidió aprovechar las aguas del río Arredondo, en Puerto Aysén. El 27 de febrero de 1962 se inauguró una central hidroeléctrica con casi dos mil kilowatts de potencia instalada.

Para los coyhaiquinos aquello fue un acontecimiento histórico: la ciudad dejó de vivir a media luz. Nos olvidamos de los chonchones y las velas de palmatoria. Y también de las lámparas Petromax.

Las famosas llamadas telefónicas privadas nunca lo fueron

Ese mismo año comenzó a organizarse un comité de telecomunicaciones, el embrión de lo que después sería ENTEL. Pero comunicarse con el mundo seguía siendo una aventura tecnológica. Para llamar a Santiago había que acudir a la central telefónica que la Fuerza Aérea mantenía en una pampa vacía, donde después se levantaría la Honsa y Hotelsa.

Allí los usuarios esperaban pacientemente mientras los aparatos emitían una música peculiar: pitidos, chirridos y chasquidos que parecían mensajes de otro planeta. Una llamada podía tardar tres o cuatro horas en concretarse. Y había un detalle delicioso: aquellas conversaciones privadas podían escucharse en cualquier radio de onda corta. Bastaba mover el dial y, de pronto, uno terminaba enterándose de quién llegaba a Coyhaique, quién se iba… qué se decían los enamorados o quién discutía con quién en el seno familiar.

Era, digamos, un sistema de transparencia involuntaria.

Con los años los equipos se modernizaron y se trasladaron a la Pampa Pinuer, frente a Panguilemu. Desde allí se articularon los servicios telefónicos, telegráficos, radiales, televisivos y finalmente los enlaces satelitales que hoy nos conectan a Internet y al mundo. Comparado con aquellos pitidos metálicos, el presente parece ciencia ficción.

Pero si retrocedemos aún más —hasta comienzos de los años cincuenta— la vida municipal ofrece escenas que hoy resultan casi entrañables.

Los periódicos locales, por ejemplo, se imprimían en tirajes de apenas cien ejemplares diarios. Con suerte. Los imprenteros no se atrevían a más. El público lector era reducido, pero la curiosidad siempre abundó.

En mayo de 1951 las autoridades discutían cómo mantener transitables los caminos hacia Balmaceda, El Blanco y Valle Simpson. Ese mismo año surgió una idea bastante visionaria: prolongar la calle Eusebio Lillo más allá de Simpson porque alguien imaginó que Coyhaique crecería mucho en las décadas siguientes.

La predicción fue acertada. Aunque la obra nunca se realizó.

También se discutía la creación de una pequeña plaza en la esquina de Prat con General Parra y Balmaceda. Los nombres propuestos fueron Plazuela Arturo Prat o Plazuela Corbeta Esmeralda.

La lógica era clara: los héroes nacionales siempre ganaban por goleada frente a los nombres provinciales.

Las tronaduras en medio de la calle para instalar alcantarillas

Ese mismo año se instaló agua potable en la plaza de armas. El alcalde Alberto Brautigam aportó materiales desde su propia casa comercial. En aquellos tiempos la administración municipal incluía, al parecer, una saludable dosis de iniciativa personal. Uno de los episodios más pintorescos fue el de los números domiciliarios. Coyhaique había crecido, pero las casas no tenían numeración. Para los carteros aquello era una aventura diaria. Para eso, los olvidados regidores, hoy concejales, tomaban decisiones fundamentales.

Se compraron placas de loza en Santiago. Llegaron las placas… pero no los tornillos. El alcalde volvió a salvar la situación consiguiéndolos en los almacenes Coyhaique. El instalador cobraba dos pesos por casa; los propietarios pagaban treinta por el servicio. Así nació la numeración urbana de la ciudad.

En 1952 los regidores debieron enfrentar asuntos más urgentes que atentaban contra el orden y las buenas costumbres. Por ejemplo, financiaron el traslado a Santiago de un orate local que amenazaba a los vecinos. Y aprobaron la compra de la Quinta 21 para levantar un gimnasio deportivo en calle Magallanes.

También se abrió un concurso para diseñar el kiosco de la plaza de armas, con un premio de cinco mil pesos. Años más tarde los empresarios Holmberg Hermanos terminarían donándolo a la ciudad. Con el tiempo el kiosco quedó relegado, desplazado y finalmente olvidado. Hoy cumple funciones que revisten poca o casi ninguna importancia para la vida comunitaria.

De manera que, entre radios indiscretas, cabildos tiritones, regidores visionarios, alcaldes ferreteros y proyectos que viajaban a Santiago para no volver jamás, Coyhaique fue creciendo igual, lo que confirma una antigua ley patagónica: en estas tierras el progreso puede demorarse décadas, pero cuando finalmente llega, descubre que el pueblo ya estaba hecho.

Y una última reflexión: ¿No creen ustedes como yo, que estos escritos traen consigo el tono de los viejos cronistas de provincia que escribían para ser leídos el domingo con café y pan con mantequilla? 

Eso hoy casi no existe, y por eso vale mucho la pena destacarlo aquí.  Recibe nuestras noticias en: WhatsApp | Instagram | Newsletter.

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